Un Amor que No Finge

Introducción:

Por: hno. Angel L Colon

En el corazón de la vida cristiana debe resplandecer una virtud esencial: el amor genuino.

El apóstol Pablo lo describe de la siguiente manera: “Pero el fruto del Espíritu es AMOR, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley. Pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (Gálatas 5:22-25 NBLA)

Sin embargo, en un mundo donde las apariencias y lo superficial dominan las relaciones, surge la necesidad urgente de examinar si el amor que expresamos es sincero, real y guiado por el Espíritu… no un amor que se reduce a sentimientos pasajeros. La exhortación de Pablo en Romanos 12:9-13 nos invita a mirar hacia un amor que trasciende las palabras, las emociones o las apariencias superficiales.

Un amor que se manifiesta en acciones diarias y en un compromiso auténtico con el Señor y con los demás… NO solo con hermanos en la Fe, sino con TODA Su Creación.

Este pasaje bíblico no habla de un amor idealista o inalcanzable, sino de una práctica real y tangible que transforma corazones y comunidades. Pablo nos reta a examinar la sinceridad de nuestro amor, a discernir entre el bien y el mal y a vivir una fe que se manifiesta en el servicio, la hospitalidad y la generosidad.

Así es el amor cristiano, un amor que NO nace de nosotros, sino del Espíritu que mora en nosotros y con nosotros. Un amor que se distingue por su honestidad, su capacidad de renunciar al “yo” y por entregarse a sí mismo, aun cuando nadie lo reconoce.

Es un amor palpable. Es un amor deseable. Es un amor imitable. Es un Amor reciprocable.

El mayor ejemplo de este amor es nuestro Señor Jesús. Luego de expresar el más grande acto de amor y humildad al lavar los pies de sus discípulos, les dejo un nuevo mandamiento, marcado por la muestra de amor palpable y genuino: “Un mandamiento nuevo les doy : que se amen los unos a los otros; que como Yo los he amado , así también se amen los unos a los otros. En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros” (Juan 13:34-35 NBLA)

En las siguientes líneas, el Pr. Pérez nos llevará a apreciar cómo el amor que no finge se convierte en la marca distintiva de una vida moldeada por la misericordia de Dios. Reflexionemos juntos sobre las actitudes y prácticas concretas que demuestran esta autenticidad y esforcémonos por vivir un amor que honra a Cristo, sostiene la verdad y se expresa de manera generosa en cada aspecto de nuestra existencia.

Aquí algunas aplicaciones cotidianas:

  • Practica la autenticidad en tus relaciones: Sé honesto en tus palabras y acciones, evitando la hipocresía o el trato superficial. Muestra un interés genuino por el bienestar de los demás, aun cuando no recibas nada a cambio.

    • ESTO DEMUESTRA UN AMOR GENUINO Y DESINTERESADO…

  • Elige el bien cada día: Ante las decisiones diarias, los retos y los rechazos, pregúntate si tus acciones reflejan el amor verdadero del Señor. Rechaza aquello que sabes que no edifica y busca siempre lo que promueve la justicia y la paz.

    • ESTO DEMUESTRA UN AMOR CENTRADO EN CRISTO…

  • Haz del servicio una costumbre: Busca maneras sencillas de servir a quienes te rodean, ya sea escuchando, ayudando con una necesidad o mostrando hospitalidad. Deja que tu fe se vea en gestos concretos, más allá de las palabras.

    • ESTO DEMUESTRA A QUIÉN TÚ LE SERVES EN TU CORAZÓN

Pensamiento Pastoral:

Por: Pr. Pedro Perez

Iglesia Bautista Reformada de Murcia, España

EL AMOR QUE NO FINGE

ROMANOS 12:9–13

“El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno. Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros. En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad.”

Después de hablar de consagración, humildad y servicio, Pablo llega al centro de la vida cristiana práctica: EL AMOR.

Pero este no es cualquier amor. No es sentimental. No es superficial. No es fingido.

“El amor sea sin fingimiento.”

La fe reformada no produce una espiritualidad fría. Produce un amor real, honesto y probado en la vida diaria.

Pablo comienza con algo que hoy resulta incómodo: el amor verdadero discierne.

“Aborreced lo malo, seguid lo bueno.”

Amar no es tolerar el pecado. Amar no es llamar bien a lo que Dios llama mal. El amor bíblico odia lo que destruye y se aferra a lo que da vida.

Luego el apóstol desciende al terreno de las relaciones cotidianas: honra mutua, afecto fraternal, preferir al otro antes que a ti mismo.

Esta acción confronta directamente nuestro ego: el “yo” que quiere ser reconocido, el “yo” que exige prioridad, el “yo” que mide el amor por lo que recibe.

El amor cristiano es totalmente contrario al “yoismo” y cede el primer lugar.

Pablo también enumera una serie de actitudes que revelan si ese amor es genuino y nace de un corazón regenerado, no de un corazón entenebrecido.

Este amor, según lo expresa la Escritura:

  • Es diligente; en él no existe la pereza espiritual…

  • Es fervoroso; no sigue una rutina religiosa…

  • Es servicial al Señor, no a las corrientes del mundo, no al “yo”…

  • Se gozosa en la esperanza, incluso en medio del dolor…

  • Es paciente en medio de la tribulación, no sale corriendo ante la aflicción…

  • Es un amor constante en la oración; no es autosuficiente ni confía en su propio corazón.

Pablo concluye estos versos mostrando cómo este amor puede ser palpable, admirable, deseable y encomiable. Este amor se vuelve concreto y puede ser muy costoso:

“Compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad.”

El amor que no finge abre las manos y la casa. No importando lo que cueste… ya sea tiempo, dinero o espacio. Ese amor se hace visible cuando nuestro orgullo se vuelve invisible.

No es un ideal elevado e inalcanzable. Es una vida entregada, moldeada por la misericordia de Dios y guiada por el Espíritu Santo.

Este texto nos recuerda algo crucial: la ortodoxia sin amor no honra a Cristo. Y el amor sin verdad no es cristiano.

“El amor verdadero no se proclama: se vive cuando nadie aplaude.” —Pedro Pérez

¿Es mi amor sincero o está condicionado a cómo me traten los demás?

¿Estoy aborreciendo el mal con la misma fuerza con que abrazo el bien?

¿Mi fe se expresa en hospitalidad, generosidad y oración perseverante?

Señor, límpianos de un amor fingido y superficial. Forma en nosotros un amor sincero, firme en la verdad y generoso en la práctica. Danos corazones diligentes, fervientes y pacientes, que vivan la fe en lo cotidiano para la gloria de Tu nombre.

En cristo Jesus, Amen

Pr. Pedro Perez

Iglesia Bautista Reformada de Murcia, España

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