El Evangelio que Cambia Tu Vida

El Evangelio que Cambia Tu Vida

Un Sermón que Revela el plan Eterno de Dios
(Hechos 2:14–36)

Introducción

El capítulo 2 de Hechos de los Apóstoles marca un punto decisivo en la historia redentora. Aquí podemos ver la Soberanía, el Amor, la Misericordia y la Bondad de Dios en un solo capítulo. Luego del derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés, el apóstol Pedro se levanta en medio de Jerusalén —la ciudad que había sido testigo de la crucifixión de Jesús— para proclamar, por primera vez de manera pública y autoritativa, el Evangelio de Jesucristo.

Pero esta NO era una proclamación cualquiera: era retante, chocante. Señalaba directamente a aquellos que, en un momento, gritaban: ¡Hosana! Para, más adelante, gritar: ¡Crucificarlo!

Estas palabras del apóstol Pedro apuntaban a algo mayor… la revelación del Evangelio de Jesucristo que transforma vidas en su máxima expresión.

“Este discurso no es improvisado, emocional ni circunstancial. Es una proclamación bíblica, cristocéntrica y soberana, que deja claro que todo lo ocurrido en la vida, muerte, resurrección y exaltación de Cristo responde al plan eterno y perfectamente ordenado de Dios

Aquí encontramos el corazón del mensaje cristiano: el Evangelio que verdaderamente cambia la vida.

1. Un Evangelio arraigado en la revelación del Antiguo Testamento

(Hechos 2:16–21, 25–31)

Pedro no comienza la proclamación del mensaje con experiencias personales (que vivió de manera íntima y personal con el Señor Jesús, como caminar sobre el agua) ni con argumentos pragmáticos. Comienza con la Escritura, específicamente con el Antiguo Testamento. Cita al profeta Joel y al rey David para demostrar que los eventos que están presenciando no son novedosos, sino el cumplimiento de lo que Dios había prometido desde hace siglos.

Esto nos enseña una verdad fundamental:

“El Evangelio no es una invención del Nuevo Testamento, sino la culminación de la historia redentora revelada progresivamente a lo largo de toda la Escritura”

El Dios que habló en Pentecostés es el mismo que habló por medio de los profetas. Su plan no cambia, no se adapta ni reacciona; se cumple.

2. Cristo entregado conforme al plan determinado de Dios

(Hechos 2:22–24)

Pedro declara con valentía que Jesús fue entregado “por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios”. Esta afirmación es teológicamente profunda y pastoralmente poderosa.

La cruz no fue una tragedia fuera de control…
No fue un accidente histórico…
No fue una derrota inesperada…

Fue el centro del plan redentor de Dios. Todo estaba y está bajo el control total y absoluto de nuestro Dios.

Aquí vemos la perfecta armonía entre la soberanía divina y la responsabilidad humana. Los hombres actuaron con maldad, pero Dios estaba cumpliendo Su propósito eterno para la salvación de Su pueblo.

Este es el Evangelio que cambia vidas: un Salvador que muere voluntariamente, conforme al decreto eterno de Dios, para redimir pecadores reales.

Merecíamos y merecemos toda la ira de nuestro Dios Soberano… pero Su Plan perfecto estaba en marcha para darnos justificación y redención.

3. La resurrección y exaltación: la vindicación del Hijo

(Hechos 2:32–33)

Pedro afirma con claridad:

“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”

La resurrección no es un detalle secundario; es la confirmación divina de que el sacrificio fue aceptado y de que la muerte ha sido vencida. Cristo no solo murió; Cristo resucitó, Cristo ascendió, Cristo vive y ha sido exaltado a la diestra del Padre.

Desde allí, Él reina, intercede y gobierna Su Iglesia.

Nuestra esperanza no descansa en sentimientos religiosos, sino en un Cristo resucitado y glorificado.

Como nos dice el escritor en la carta a los Hebreos:

“Teniendo, pues, un gran Sumo Sacerdote que trascendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe”

Nuestra fe NO está arraigada en emociones, religiones ni relaciones o experiencias humanas. Nuestra fe está arraigada en el Evangelio de nuestro Señor Jesús, quien venció la muerte y ahora intercede por nosotros a la diestra del Padre.

4. Jesús es Señor: el llamado ineludible del Evangelio

(Hechos 2:36)

Pedro concluye su sermón con una declaración contundente:

“Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien ustedes crucificaron, Dios le ha hecho Señor y Cristo.”

  • El Evangelio no solo informa; transforma.

  • No solo consuela; demanda una respuesta.

  • No solo anima y fortalece; confronta.

Jesús no es presentado como una opción espiritual, sino como Señor soberano, exaltado por Dios mismo. Rechazarlo no es neutralidad; es rebelión. Creer en Él es pasar de la muerte a la vida.

El Evangelio hace un llamado claro, preciso e inequívoco: Cristo es la ÚNICA OPCIÓN Y ESPERANZA. Fuera de El solo encuentras muerte y destrucción.

Conclusión: una esperanza centrada en los méritos de Cristo

El mensaje de Hechos 2:14-36 nos recuerda que el Evangelio que cambia la vida no se centra en el hombre, sino en Cristo. Nuestra esperanza no está en nuestras obras, decisiones o méritos, sino exclusivamente en lo que Cristo hizo por nosotros.

Él nos rescata del dominio del pecado y de la justa ira de Dios, no por medio del moralismo ni de la religiosidad vacía, sino por la gracia soberana revelada en el Evangelio. Es Dios mismo quien, por Su Gracia, nos llama eficazmente y nos rescata del infierno y de la maldad.

Este es el mensaje que la Iglesia está llamada a proclamar.
Este es
el Evangelio que afirmamos, enseñamos y defendemos.
Y este es
el Evangelio que, por la obra del Espíritu Santo, sigue transformando vidas hoy.

Es tiempo de que prestemos atención al llamado que Dios preparó desde la eternidad pasada, que reveló por medio de nuestro Señor Jesucristo y que los apóstoles y testigos proclamaron. Ese mismo mensaje se proclama hoy por Su iglesia… así que es tiempo de contestar.

¿Cómo respondes al llamado? ¿Tu corazón está siendo confrontado por el llamado?

A.L.C.

Firmes en cristo

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