Un Gran Milagro para la Gloria de Dios
Hechos 3:1–10
Introducción
Vivimos en una época en la que el término milagro ha sido reducido, trivializado o distorsionado. Para muchos, un milagro es cualquier experiencia extraordinaria, una emoción intensa o una solución inmediata a un problema temporal. Sin embargo, la Escritura nos llama a definir los milagros no desde la percepción humana, sino desde la revelación divina.
En Hechos 3:1–10, la Palabra nos presenta el primer milagro que realizan los apóstoles después de Pentecostés. Este evento no solo manifiesta el poder de Dios, sino que establece un principio fundamental para la iglesia de todos los tiempos:
Dios obra soberanamente para Su gloria, no para la exaltación del hombre.
El contexto del milagro: dependencia total de Dios
El relato comienza de manera sencilla pero profundamente teológica:
“Pedro y Juan subían al templo a la hora de la oración, la hora novena” (Hechos 3:1, NBLA).
Este detalle es crucial. Los apóstoles no estaban buscando protagonismo, señales espectaculares ni plataformas personales. Estaban perseverando en la oración, dependiendo del Señor y caminando en obediencia.
Observaciones clave del contexto:
El milagro ocurre en un ambiente de adoración y oración, no de espectáculo.
Los apóstoles no actúan por iniciativa propia, sino bajo la dirección del Espíritu.
El escenario es el templo, un lugar asociado a la presencia y la gloria de Dios.
La obra de Dios nunca está divorciada de Su Palabra ni de la vida devocional de Su pueblo.
El milagro no exalta al hombre, sino a Cristo
Cuando el hombre cojo pide limosna, Pedro responde con palabras que confrontan cualquier teología centrada en el hombre:
“No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: En el nombre de Jesucristo el Nazareno, ¡anda!” (Hechos 3:6, NBLA).
Aquí se establece una verdad doctrinal fundamental:
El milagro de sanidad que Pedro otorga al hombre cojo no se trataba de la persona de Pedro, o un poder extraño, del conocimiento de Pedro o su piedad y deseo de servir… sino de aquel que le otorgó poder a Pedro, y ese es Cristo Jesús por Su Espíritu Santo.
Principios bíblicos claros:
El poder no reside en el apóstol, sino en el nombre de Jesucristo.
La ausencia de recursos materiales no limita el poder de Dios.
El milagro es un medio, no el fin; apunta a una realidad mayor.
Pedro no dice “mírame a mí”, sino que dirige la atención al Cristo resucitado. Esto es consistente con el testimonio apostólico:
“Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos” (Hechos 4:12, NBLA).
El propósito de los milagros en Hechos
El hombre sanado entra al templo:
“Y con un salto se puso en pie y comenzó a andar; y entró al templo con ellos, caminando, saltando y alabando a Dios” (Hechos 3:8, NBLA).
La reacción correcta ante la obra de Dios no es la exaltación del instrumento humano, sino la adoración a Dios. El hombre enfermo, cuando es levantado en el poder del Espíritu Santo de forma milagrosa, no tiene otra opción que adorar a aquel que le sano… el Santo Dios.
Los milagros en Hechos cumplen un propósito específico:
Confirman la autoridad apostólica (Hebreos 2:3–4).
Apuntan a la verdad del Evangelio.
Preparan el terreno para la predicación de la Palabra.
Nunca fueron fines en sí mismos. De hecho, en el mismo capítulo, Pedro aprovecha el asombro del pueblo para predicar sobre Cristo crucificado y resucitado (Hechos 3:12–26).
El mayor milagro: la salvación del alma
Aunque la sanidad física es real y gloriosa, la Escritura nos dirige a una obra infinitamente mayor. Jesús mismo enseñó:
“¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” (Marcos 8:36, NBLA).
La sanidad del cuerpo es temporal; la salvación del alma es eterna.
La Biblia afirma claramente:
El ser humano está muerto espiritualmente sin Cristo (Efesios 2:1).
La salvación es obra soberana de Dios, por gracia (Efesios 2:8–9).
Este milagro ocurre por medio del nuevo nacimiento (Juan 3:3–8).
“Él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a Su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo” (Tito 3:5, NBLA).
Este es el milagro que sigue ocurriendo hoy.
El medio que Dios usa: la predicación fiel de la Palabra
Así como en Hechos 3 el milagro abrió la puerta a la predicación, hoy Dios continúa obrando por medio de Su Palabra proclamada fielmente:
“Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo” (Romanos 10:17, NBLA).
En el ADN de Didasko Ministries afirmamos que:
La Palabra de Dios es suficiente.
El Espíritu Santo obra a través de la Escritura, no al margen de ella.
La predicación debe ser expositiva, doctrinal y centrada en Cristo.
No necesitamos innovar el Evangelio; necesitamos proclamarlo con fidelidad.
Aplicaciones para la iglesia hoy
Viviendo a la luz del mayor milagro
El relato de Hechos 3 no solo informa a la iglesia primitiva, sino que también confronta y forma a la iglesia contemporánea. Nos obliga a evaluar nuestras prioridades, nuestra teología práctica y nuestra comprensión del poder de Dios.
1. Recuperar una visión bíblica de los milagros
La iglesia debe resistir la tentación de medir la obra de Dios por lo extraordinario o por lo visible. Cuando los milagros se convierten en el centro del mensaje, el Evangelio se desplaza.
La Escritura nos recuerda que:
Los milagros nunca sustituyen la Palabra.
Los milagros confirman, pero no producen fe salvadora por sí mismos.
La fe verdadera descansa en Cristo, no en experiencias.
“Porque los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado”
(1 Corintios 1:22–23, NBLA)La iglesia debe enseñar que el Evangelio no necesita adornos, pues es el poder de Dios para salvación (Romanos 1:16).
2. Rechazar una fe centrada en el hombre
Pedro fue claro: “¿Por qué nos miran como si por nuestro propio poder o piedad lo hubiéramos hecho andar?” (Hechos 3:12, NBLA).
Esta advertencia sigue siendo urgente hoy.
La iglesia debe cuidarse de:
Personalidades carismáticas que reemplazan la centralidad de Cristo.
Ministerios construidos sobre nombres y no sobre la Palabra.
Una espiritualidad que exalta al mensajero más que al mensaje.
La gloria pertenece exclusivamente a Dios:
“Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios que da el crecimiento”
(1 Corintios 3:7, NBLA)
3. Valorar la predicación fiel como el medio principal de la gracia
El mayor milagro —la salvación— ocurre cuando la Palabra es proclamada fielmente y el Espíritu Santo aplica esa verdad al corazón.
Por tanto, la iglesia está llamada a:
Priorizar la predicación expositiva.
Someter toda experiencia espiritual a la autoridad de la Escritura.
Formar creyentes maduros, no consumidores de emociones religiosas.
“Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia”
(2 Timoteo 3:16, NBLA)Una iglesia fuerte no es la que promete más señales, sino la que permanece fiel a la Palabra.
4. Recordar que la necesidad más grande del hombre es espiritual
El hombre cojo necesitaba sanidad física, pero su gozo culminó cuando entró al templo alabando a Dios. Esto nos recuerda que toda obra de Dios apunta a una transformación más profunda.
La iglesia no debe perder de vista que:
La pobreza más grave es espiritual.
La esclavitud más destructiva es el pecado.
La restauración más gloriosa es la reconciliación con Dios.
“Estaban muertos en sus delitos y pecados… pero Dios, que es rico en misericordia, nos dio vida juntamente con Cristo”
(Efesios 2:1, 4–5, NBLA)
5. Vivir y proclamar el Evangelio con humildad y reverencia
Así como los apóstoles dependían del Espíritu en oración, la iglesia hoy debe caminar en la humildad, la dependencia y la obediencia.
Esto implica:
Orar más y presumir menos.
Confiar en el poder de Dios, no en las estrategias humanas.
Proclamar a Cristo con claridad, aun cuando el mensaje no sea popular.
“No con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder”
(1 Corintios 2:4, NBLA)
Algunas preguntas necesarias:
¿Buscamos experiencias o la gloria de Dios?
¿Exaltamos al instrumento o al Autor de la obra?
¿Valoramos más la sanidad temporal que la salvación eterna?
Tenemos un llamado bíblico que es muy claro:
A vivir una fe centrada en Cristo, no en el hombre.
A confiar en el poder del Espíritu Santo obrando por medio de la Palabra.
A proclamar el Evangelio como el mayor milagro que el mundo necesita.
Conclusión
El milagro que el mundo necesita ver
Amada iglesia, amado creyente, amado cristiano… el mundo sigue buscando milagros, pero no siempre está preparado para enfrentar su mayor necesidad: ser reconciliado con Dios. Hechos 3 nos recuerda que Dios sigue obrando con poder, pero siempre conforme a Su propósito eterno y para Su gloria.
La sanidad del cuerpo es temporal; la salvación del alma es eterna.
El mismo Espíritu que levantó al cojo sigue hoy levantando corazones muertos mediante la proclamación fiel del Evangelio.
No somos llamados a impresionar al mundo, sino a ser fieles al Cristo que salva.
Que nuestra oración no sea por más señales, sino por más fidelidad.
Que nuestra pasión no sea la exaltación humana, sino la gloria de Dios.
Que nuestro mensaje no sea otro que Cristo, y a este crucificado y resucitado.
“Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre. Amén”
(Romanos 11:36, NBLA)Que nunca olvidemos esta verdad:
El mayor milagro no es caminar, sino vivir en Cristo.
A.L.C.
Firmes en Cristo